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Efecto subjetivo del control

Escrito por Fátima Alemán.

 

El control en Freud y la IPA
 
Sabemos que el control en psicoanálisis es uno de los tres pilares de la formación del analista. Ya Freud lo puso en primer plano cuando comenzó a dar cuerpo a su teoría y cuando aparecieron en escena los primeros analistas y discípulos. En 1918, en ocasión del 5º Congreso Psicoanalítico Internacional, Freud se explayaba sobre la pertinencia o no del psicoanálisis en la Universidad, mencionando el tema del control como complemento del análisis personal: "Es indudable que la incorporación del psicoanálisis a la enseñanza universitaria significaría una satisfacción moral para todo psicoanalista, pero no es menos evidente que éste puede, por su parte, prescindir de la Universidad sin menoscabo alguno para su formación. En efecto, la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio de la bibliografía respectiva y, más concretamente, en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con los miembros más antiguos y experimentados de las mismas. En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante trata­mientos efectuados bajo control” (1).
Recordemos que en 1910 ya se había fundado la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) a instancias del propio Freud, como consecuencia directa del trabajo efectuado por la Asociación Psicoanalítica de Viena. Pero al concluir la 1º guerra mundial, el problema de la formación de los analistas comenzó a tomar cuerpo en los debates de la IPA. Según el historiador Reuben Fine, “antes de la guerra, la formación había estado librada al azar; de hecho, la mayoría de los primeros analistas no se habían sometido ni siquiera a un elemental análisis personal” (2). Sin embargo, con la partida de notables analistas como Jung y Adler al comienzo y más tarde Rank y Ferenczi, y con la creación de asociaciones en diversos países (Clínica de Viena, Clínica de Berlín) se comenzó a pensar en sistematizar la formación de los analistas. Y quien llevo a cabo esta tarea fue nada menos que el médico ruso Max Eitingon, fundador del Instituto Psicoanalítico de Berlín. Eitingon, casi sin experiencia como analista y con el saldo de un breve análisis personal con Freud, fue quien estableció el famoso sistema tripartito de formación para los analistas: análisis personal, instrucción didáctica y análisis supervisado. Al análisis personal se lo denominó primero “análisis didáctico” en “virtud de la ilusión, que pronto se disiparía, que la persona “normal” no tenía particulares problemas” (3). Luego lo didáctico fue reemplazado por “análisis de formación” (propuesto por Nunberg en 1919) partiendo de la base de que todo análisis es terapéutico. Respecto al análisis supervisado, fue Eitingon el que propuso el término “análisis de control”. Esta propuesta fue aceptada rápidamente, se desarrolló de manera espontánea y sin compulsión, y sus reglas fueron fijadas un vez puesto en marcha el procedimiento (Eitingon). Para darnos una idea de qué consistía, Therese Benedek, estudiante del Instituto de Berlín, narraba que el control se concentraba casi exclusivamente en las dificultades técnicas que el paciente presentaba: se omitía la contratransferencia. Balint llamaría a esto una “formación de superyó”. Como vemos, una concepción del control muy distinta a la concepción elaborada por Lacan. El problema era en todo caso el paciente, no el analista.
Hacia la década del 30, el control dejó de estar en manos de los analistas en forma individual para pasar a formar parte de las asociaciones psicoanalíticas. “Esto significaba que los miembros individuales ya no podían analizar y formar aspirantes libremente, sin la previa aprobación de la asociación. Los autorizados a brindar tratamiento al candidato se conocieron como analistas didactas; los autorizados a supervisar recibieron el nombre de analistas de control. A veces ambas funciones podían reunirse en una sola persona y a veces no”. (4)
 
 
Lacan y el control del analista
 
En este contexto, y haciendo un salto histórico, es interesante detenerse en lo que ocurrió cuando J. Lacan comenzó a cuestionar estos “standars”, sobre todo en relación al tiempo de la sesiones y al control. En la fundación de la EFP (junio de 1964) cuando Lacan se refiere a la Sección de psicoanálisis puro (praxis y doctrina del psicoanálisis propiamente dicho, lo cual no es otra cosa que el psicoanálisis didáctico), aborda el tema del control como un tema prioritario: “En el interior de este problema y como caso particular debe situarse el de la entrada en control. Preludio a la definición de este caso sobre criterios distintos de la impresión de todos y de los prejuicios de cada uno. Pues se sabe que esta es actualmente su única ley, cuando la violación de la regla implicada en la observancia de sus formas es permanente” (5). El control no debería fundarse entonces ni en la impresión de todos (el consenso del Universal) ni en los prejuicios de cada uno (el juicio particular). En todo caso, cada uno decidirá con quién controlar y de qué modo extraer las consecuencias de esta experiencia en el análisis personal.
En 1953, en Función y campo de la palabra y el lenguaje, Lacan se refiere al estado del control en los analistas practicantes y propone una inversión del proceso: “Si el controlado pudiese ser colocado por el controlador en una posición subjetiva diferente de la que implica el término siniestro de control (ventajosamente sustituido, pero sólo en lengua inglesa, por el de supervisión) el mejor fruto que sacaría de este ejercicio sería aprender a mantenerse él mismo en la posición de subjetividad segunda en que la situación pone de entrada al controlador” (6). Cuando Lacan se refiere a posición de subjetividad segunda, entiendo que se refiere a la posición que tiene el analista que controla el caso, pues el mismo ya está siendo de “filtro o de refractor del discurso del sujeto”, pues lo que controla es el discurso y no la realidad  del caso (“contacto con lo real”). En términos freudianos, diríamos que este discurso es el que pone en juego la construcción del analista, en la medida en que “a cada construcción la consideramos una conjetura que aguarda ser examinada, confirmada o desestimada” (7).
Este señalamiento me parece muy instructivo para pensar la vuelta que da Lacan al procedimiento del control: no se trata de convocar a la “experiencia” del controlador como un saber enquistado por los años; tampoco, se trata de verificar si el controlado aplica con rigurosidad la técnica que se desprende del psicoanálisis (como lo veíamos con Eitingon). Lacan pone de manifiesto que el control tiene que ver con el control del analista y como tal de su posición subjetiva. Lacan apela en este momento de su enseñanza a la palabra como único instrumento válido para el analista, donde la escucha revela algo más de lo que se dice (enunciado y enunciación).
El control da lugar, entonces, a "efectos de sujeto". Es decir, que más allá de la transmisión de un saber, el control confronta a cada uno -como lo recuerda E. Laurent en el texto Su control y el nuestro- a hacer saber cómo lo menos pensado es el resultado de un cálculo. Este cálculo del sujeto es lo que abre la dimensión del dicho y el decir, en el sentido que Lacan le da esta expresión en 1975 en la conferencia dictada en la Universidad de Columbia: "A veces ocurre que hago eso que se llama supervisiones. No sé por qué se le ha llamado a eso supervisión. Es una superaudición. Quiero decir que es muy sorprendente que se pueda, escuchando lo que un practicien le ha con­tado -es sorprendente que a través de lo que ha dicho se pueda tener una repre­sentación de aquél que está en análisis, que es analizante. Es una nueva dimensión. Luego hablaré de este hecho, la dit-mension, la dicho-mención, (…)el lugar donde reposa un dicho" (8).
Este cálculo del sujeto no es ajeno a dos cuestiones cruciales para entender la práctica del control: la maniobra de transferencia y el deseo del analista. Cuando Lacan se refiere a las consecuencias de la Proposición del 9 de Octubre del 67, indica que  la “corrección del deseo del analista” no debe ser tomada como una corrección en base a una norma (modelo de analista), sino que se refiere a la rectificación que pone en juego el control respecto al deseo del analista, es decir, la posibilidad de “hacerse causa del deseo” del analizante.      
 
 
Un caso controlado
 
Para finalizar, tomaré el caso de un analizante de Lacan, que testimonia de su práctica del control con el mismo Lacan para dar cuenta del “efecto subjetivo” que provoca el control.
Se trata de Jean-Claude Razavet, y el caso lo titula “Claro-oscuro. Un control con Lacan”. Se trata de uno de los primeros casos de este analista, donde un hombre de raza negra, oriundo de la Isla de Guadalupe, lo consulta para encontrar una solución a “su humor depresivo (oscuro), su impotencia y su inhibición en el trabajo” (9). Razavet al tiempo descubre que este humor depresivo es en realidad el velo de un racismo muy arraigado, que lo confronta permanentemente con el Otro. Con los hombres de color más claro, experimenta un miedo extremo que lo paraliza; con las mujeres que idealiza, resulta impotente y no puede resolver su vida amorosa. Es sin embargo, en la línea significante del par “claro-oscuro” que la cura avanza deduciendo efectos terapéuticos: “Conoció a una mujer, de tez más clara que él, y aprobó sus exámenes de derecho. Observemos esta fórmula evidente: “Desde que me he propuesto ser pasante (clerc) de notario, soy menos oscuro, salgo del túnel”. Esta enunciación fue retomada en numerosas sesiones y repetida por mí desplazando un poco la gramática: “Desde que usted tiene en perspectiva ser claro (clair), es usted menos oscuro”, o bien “tiene usted las ideas menos negras” (10). Vemos aquí de qué forma Rozavet nos presenta la construcción del caso y las interpretaciones que lo guían.
Cuando el síntoma reenvía al sujeto a su matriz fantasmática, aparece en el analizante una posición desafiante hacia el analista que se muestra en términos de transferencia negativa: “En el diván desplegaba su vida fantasmática: desde hacía algunos años practicaba el karate para curar su carácter temeroso. Construyó una teoría sobre el análisis: el analista es como un cubo de basura donde se vierten todas las porquerías. No le contradije y le dejé desarrollar su fantasma, que le llevaba cada vez más hacia mí, y acabó convirtiéndose en: ¿cómo desembarazarse de su analista?”. En un momento dado, le confiesa que tenía la fantasía, gracias a su fuerza, de tirarlo por la ventana. La respuesta del analista es de perplejidad: “recuerdo que a partir de ese momento perdí mi movilidad, tanto física como psíquica”. Esta amenaza más una consulta paralela con una hechizera, motiva a Razavet a controlar con Lacan. “Decidí entonces ir a hablar con Lacan, el gran hechicero blanco. Era mi analista, yo estaba medianamente hechizado, y tenía ganas de desembarazarme de aquello. En lugar de tumbarme, me planté delante y me senté frente a él. ¿Qué le ocurre, querido amigo? Le solté mi pequeño problema. Me escuchó con extrema atención, no se perdía ni una palabra de lo que le decía. Me interrumpió un momento para preguntarme, preocupado, si mi paciente practicaba el vudú. Al responderle negativamente, me dejó seguir. Al final de mi charlatanería intenté hablarle del objeto a, pero me interrumpió: —Pero ¿por qué no es usted quien le tira por la ventana? —¡Es que es como un armario de luna! —¡Y bien! ¡Cómprese pues un puño americano! Le miré asombrado. —¿No sabe usted lo que es eso? Sacó de su bolsillo un puño americano que movió ante mis ojos y se lo colocó en sus dedos. Me despidió haciéndome pagar el doble del precio habitual. Saliendo de allí, me dije que estaba loco: había ido a pedirle armas simbólicas y él había sacado un objeto real de su bolsillo. El analista no está nunca en el lugar que se le espera, tal como me lo acababa de demostrar y esta intervención resultó ser eficaz. No compré el puño americano, pero recuperé la agilidad con mi analizante, no seguí clavado a mi silla. Cuando, por una vez más me trató de cubo de la basura, tranquilamente me puse en su campo de visión y le dije: “¡Está usted completamente equivocado, viejo amigo, el analista no es un cubo de basura! Si continúa por este camino, lo echo por la puerta” (11).
Como ven, un ejemplo sorprendente y tal vez extremo. Un puño americano divide al sujeto que controla y le permite rectificar su posición como analista. No hay en este ejemplo de control con Lacan un saber teórico expuesto que permita aclarar los escollos de la cura sino más bien una indicación que sorprende por ser alusiva.
Si una enseñanza se desprende para mí de la práctica del control (como analista que controla y como analista que recibe pedidos de control) es el esfuerzo por circunscribir en cada relato el brillo del caso, es decir, lo particular que decanta del universal. Es así que en cada control lo que se pone en juego es un efecto de síntesis sobre lo que se puede decir del caso (su formalización) y el horizonte del deseo del analista, sin el cual no habría un caso. Termino entonces con una pregunta: ¿se controla un caso cuando el analista practicante se encuentra frente a una encrucijada en la práctica o el control requiere de una regularidad que lleve cada vez a decir qué se hace en la práctica analítica?
 
 
Notas
 
(1) Freud, S.: ¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la Universidad?” (1919) En Obras Completas, Tomo XVII, Amorrortu, Bs As, 1984.
(2) Reuben, F.: Historia del psicoanálisis II, Ed. Siglo XXI.
(3) Ibid.
(4) Ibid.
(5) Miller,J.-A.: Escisión, excomunión, disolución. Tres momentos en la vida de Jacques Lacan, Ed. Manantial, 1987, p.222.
(6) Lacan, J.: Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis (1953), Ed. Siglo XXI, p.243.
(7) Freud, S.: “Construcciones en el análisis” (1937), En Obras Completas, Tomo XXIII, Amorrortu editores.
(8) Lacan, J.: “Discurso pronunciado por J. Lacan el 6 de Diciembre de 1967 en la E.F.P.” (Ficha: Biblioteca Internacional de Psicoanálisis).
(9) Razavet, J.: “Claro-oscuro. Un control con Lacan”. En www.cdcelp.org/freudiana/etextos.html
(10) Ibid.
(11) Ibid.