Artículos

Imprimir

Navegar en las aguas de una aporía: el caso en psicoanálisis

Los hombres nacen aristotélicos o platónicos, afirma Borges en el pequeño ensayo dedicado al ruiseñor de Keats siguiendo a Colerige, tal polaridad encierra una querella eterna sobre la que descansa incluso el problema de lo que se llama un caso en psicoanálisis. Si para los primeros el lenguaje apenas roza por aproximación la naturaleza de las cosas, lo que los conduce inevitablemente a una cierto ficcionalismo, para estos el caso no es más que una ficción operativa construida en el curso de una cura. Para los segundos las clases, los órdenes y los géneros fundados en y por el lenguaje son verdaderas realidades, de modo que un caso para estos otros, es un ejemplar de la clase a la que representa. Como se ve se trata de dos posiciones de un “antagonismo inmortal”, que estructura en más de un sentido la discusión sobre lo qué es un caso en psicoanálisis. La dupla particular/universal que domina este antagonismo, habitualmente intenta ser zanjada con la etimología tantas veces referida por la palabra latina casus, que al poner en juego esta tensión sitúa una caída” que invoca algo que se extrae respecto de una norma dada, o incluso, algo que cae de lo que funciona como un modelo para el pensamiento, léase un paradigma. El casus así concebido se plantea en las antípodas del paradigma y se aproxima a un cierto movimiento de vacío que descompleta, que introduce una laguna en cualquier universal abstracto que designe lo que debería ser, poniendo en cuestión la pretensión universal, pero al mismo tiempo excluye la idea de una particularidad individual por fuera del lenguaje.

 
Cuestión de método
Es incluso en este sentido que la cosa se complejiza aún más, justamente cuando de lo que se trata concierne a un individual, - como es el caso del caso analítico, si tomamos las cosas al ras de una primera aproximación – un individual que al ser estudiado, se dirá, arroja resultados que presentan un margen en apariencia ineliminable de aleatoriedad o incluso, que los enunciados generales que se contemplen a su propósito carecen de algún valor. La propuesta del llamado “paradigma indiciario” (Ginzburg, 1978) resulta interesante en vistas de esta complejidad, porque justamente con él se intentan articular los problemas que se suscitan para toda una serie de disciplinas que no consuenan con los criterios de cientificidad deducibles del paradigma galileano, fundamentalmente, aquellas que toman por objeto: casos, situaciones, y o documentos en cuanto individuales, razón por la cual los resultados que arrojan pertenecen al basto territorio de un saber que toma el nombre de conjetural. Como el propio Carlo Ginzburg nos lo hace saber, años después, su propuesta se configuro en fuente de toda una serie de contra-dicciones, que él mismo identificara con dos posiciones: el bobarismo de ciertos historiadores y o la auto-ironía de ciertos científicos. En la primera se revela la pretendida seriedad de un paradigma en ciencias sociales que se pretende lejos de la conjetura con el afán de fundarse en otra cosa que en meros detalles, los denominados indicios sobre los que se monta el paradigma indiciario; mientras que en la segunda asoman las paradojas, las anomalías y las inconsistencias que de continuo se introducen en el campo de la ciencia. Nosotros también trabajamos con indicios, dirán algunos científicos prestos a incluirse en el paradigma.
La cartografía trazada por Ginzburg enhebran nombres con actividades dispares: Giovani Morelli, un coleccionista y crítico de arte italiano, Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis y Sherlock Holmes, detective surgido de la pluma de Sir Conan Doyle. Con estos nombres reconstruye un modelo epistemológico, “si se prefiere un paradigma”, - aclara Ginzburg, dejándose influir por la acepción propuesta por Thomas Khun, y sostiene, que se trata de un término que aunque operante en la práctica no se ha teorizado explícitamente -. El paradigma propuesto por Ginzburg puede ser brevemente caracterizado por la posibilidad de captar desde unas huellas, unos indicios, unos signos pictóricos, una realidad más profunda que de otro modo resultaría intangible. Resta considerar el estatuto de las mentadas huellas así como lo que desde ella consigue ser develado. En esa dirección el ensayo de Ginzburg traza las raíces de dicho paradigma en otras prácticas que constituyen formas de saber antiguas, como la caza o la adivinación, prácticas estas que dependen de la capacidad de remontarse desde unos datos de la experiencia aparentemente omitibles: huellas en el fango o en el café, ramas rasgadas, mechones de pelo, plumas rotas, etc. hasta un orden de realidad complejo no directamente experimentado. Aquí son las conjeturas las que tomarán el lugar de la exactitud, afirma el autor. Al respecto Lacan sostendrá no sin cierta ironía ya 1966 que la oposición entre ciencias exactas y conjeturales, una designación que él prefiere a la de humanas, no puede sostenerse desde el momento en que la conjetura es susceptible de un cálculo de probabilidad, con ello ponía en primer plano la acción de un formalismo.  
El indicio para Ginzburg podrá ser cualquier cosa que tenga el carácter de lo fragmentario, de la pequeña marca, que, administrada por el procedimiento de la construcción, conduce a la captación de una fragmento de la historia, cuando allí se aplica, al hallazgo de la presa, cuando se trata de la caza, a la identificación del criminal, en su versión policial explotada por diversas series. No se plantea en principio para Ginzburg como si se plantea para Freud la cuestión de lo acertado de la construcción en juego, en tanto el “objeto psíquico” en cuestión para el psicoanálisis, suficientemente comparado por Freud con el objeto arqueológico por sus analogías, será justamente deslindado de este último, a raíz de la siguiente paradoja: se trata de un objeto que habla.  
 
Un principio morelliano
Incluir a Freud como formando parte de un tal paradigma indiciario se ajusta a la mención que hace Freud de Giovani Morelli en el ensayo sobre “El Moisés de Miguel Angel”, publicado inicialmente de manera anónima en Imago (1914). La referencia a Morelli, quién inventa un método de atribución de obras por el que se reconoce los autores de los cuadros a partir de pequeñas marcas, tiene para Freud el propósito de establecer un cierto parentesco entre aquel procedimiento y el método analítico. Es porque Morelli, se vale de la escoria de la observación, precisa Freud, unos rasgos poco valorados o no advertidos como son los detalle de uñas, dedos u orejas, con prescindencia del efecto de conjunto que podría suscitar la obra de arte, que las analogías son susceptibles de plantearse. Ginzburg afirma, siguiendo a Edgard Wind, que privilegiar los detalles por sobre el efecto de conjunto sería una actitud propiamente moderna frente a la obra de arte, lo que revela la actitud moderna del psicoanálisis. Pero además, hay otra cosa que Wind destaca, una aseveración de Morelli, por la que se refuerza el parentesco invocado por Freud. Morelli sostiene que la singularidad personal de un artista, es decir lo que hace al caso podríamos decir, debe ser buscada allí donde los esfuerzos de la voluntad son menos intensos, es decir, en ciertos elementos marginales de la obra donde el artista al que suponemos suficientemente bañado por la tradición cultural y o por la escuela pictórica a la que pertenece, ya no ejerce el control sobre el pincel. Con ello se retoma la cuestión presentada al principio, lo singular solo puede ser captado en lo que se extrae de la universalidad de la cultura, así como de las particularidades que pudiera constituir la escuela pictórica que agrupa al pintor. Paradójicamente solo allí yace el núcleo íntimo de la individualidad artística, sostiene Morelli, en estos restos sustraídos al control de la conciencia, de algún modo subsidiaria respecto de la cultura, de las escuelas. Sin duda, el parentesco mentado por Freud crece en esta dirección solo a condición de no hacer de Morelli un precursor de Freud, tal es de algún modo el propósito de Ginzburg; sino y más acertadamente de tomar el camino que acentúa una cuestión de método, atentamente destacada por Giorgio Agamben quién hace entrar al llamado paradigma indiciario de Ginzburg en el régimen de la signatura, con el beneficio de precisar el estatuto de las huella, de los indicios, de los signos. En el artículo tardío “Construcciones en análisis” Freud al estilo de Ginzburg señala el carácter fragmentario de aquello con lo que el analista trabaja: unos jirones de recuerdo, una ocurrencias movidas por el flujo de la libre asociación, unas alusiones a vivencias, unos retoños de afectos dislocados, materia ésta con lo que se hará la construcción, “conjetura en espera”, y que no es otra que la materialidad propia del significante en su incidencia de verdad como causa.
Cuestiones que se imbrican: cómo se nombra, cómo se construye un caso que refieren por un lado al “antagonismo inmortal” devenido un debate entre realistas y nominalistas como afirmara Graciela Musachi, y por otro a la “construcción del caso” que siguiendo a Freud, pone de relieve una cuestión de método que atañe a los indicios y a la conjetura. En las aguas de estas aporías navega el caso en psicoanálisis.
 
 
¿Por qué el paradigma?
La mención del término paradigma y su onda expansiva que desde Platón quién lanzo la primera piedra, se propaga hasta el novísimo libro sobre él método Signatura Rerum (2008) de Giorgio Agamben, tiene la utilidad de poner en tensión aquello que se sigue de su empleo. Su estatuto epistemológico solo se vuelve evidente, sostiene Agamben, si se comprende que representa: “una singularidad que no se deja reducir a ninguno de los dos términos de la dicotomía” particular/universal, introducida al comienzo. En esta dirección se vuelve posible considerar el desarrollo de Agamben a propósito del caso en psicoanálisis bajo la premisa, de que en el caso se trata de lo que cae de aquella dicotomía como efecto del rodeo por el lenguaje, ahora alcanzado por el término paradigma.
La primera operación que realiza Agamben en el estudio que abre el libro dedicado al paradigma, es la de poner a distancia Foucault de Kuhn en cuanto al uso de  este término. El argumento se cierne en un desplazamiento de la cuestión que va desde la epistemología a la política. Mientras que para Kuhn su “matriz disciplinar” trata de los criterios de verdad que validan las formas teóricas de una ciencia, por consensos entre los científicos; para Foucault se trata de “regimenes de discurso”, entendidos como aquello que gobierna la política de los enunciados. Es decir de la verdad como un criterio de validación a lo que es verdadero por estar fundado en un régimen de discurso. El acento puesto por Agamben, y que resulta a fin con la idea del caso en psicoanálisis, reside en la afirmación de que el paradigma constituye un caso singular que al ser aislado del contexto del que forma parte, lo que oficia de ámbito de enunciación – entiendo aquí la cura misma -, consigue en su exposición – relato del caso, escritura del caso e incluso dispositivo del pase que no será aquí considerado - volver inteligible algo nuevo – son estos los efectos que se pueden captar tanto en el control, como en la presentación del caso en distintos ámbitos -. Es evidente que aquí lo que se muestra del caso singular se muestra a partir del uso metódico de la exposición, en este sentido Agamben se pregunta incluso, en qué reside el valor de prueba del caso. Al respecto sería interesante introducir la operación que hace Lacan con los casos freudianos, aquella que consiste en elevarlos a la dimensión del paradigma. Dora es la histeria se podrá decir, tal operación es un movimiento que no reside en captar una generalidad preexistente al caso singular, lo que implicaría ir de lo universal a lo particular, ni tampoco consiste en la enumeración exhaustiva de elementos particulares por la que se obtendría la construcción de una forma universal, camino inverso que conduce de lo particular a lo universal. Según Agamben es en la exposición misma del caso, cuando está apunta a lo que este tiene de paradigmático, donde reside el valor de prueba. Lo que hace aquí a la condición “paradigmático”, solo se produce por efecto de la operación de la exposición, es decir, es un producto. Lo que le permite afirmar que la validación no es exterior a la exposición misma del caso. Por esta vía también es posible situar las relaciones del caso con el tipo clínico - la clase -, en la medida en que el ejemplo que el caso constituye, es la contracara simétrica de la excepción, solo porque consigue excluirse como tal paradójicamente al mostrar su inclusión. Mientras que a la inversa la excepción, solo se puede fundar en un universal al que hace existir, pero al precio de su exclusión. Es en este sentido que Lacan podrá mostrar con el caso Dora las coordenadas estructurales de la histeria en el mismo movimiento por el que Dora se excluye como singularidad de goce.
Ahora bien, la mentada singularidad de goce se sitúa en un espacio entre universal y particular, donde opera la construcción produciendo un desvío que conduce fuera de la lógica binaria, porque apunta a un elemento que aunque no-dicho, vale como causa. Tal elemente se conjetura siguiendo a Freud, a partir de fragmentos, indicios, signos, que cuentan a título de particulares. Volviendo a Agamben y su exposición, este nos ofrece una precisión más que resulta de interés, porque consigue volver ociosa la pregunta que intentara aislar la condición paradigmática del caso en una propiedad esencial del objeto, o bien, que intentara situarla como la idea que se hace el investigador de tal objeto. Lo paradigmático del caso que ahora se yergue en exemplum - en tanto muestra su propia singularidad, es decir vale para si mismo -, no reside en la cosa misma, no constituyendo una suerte de naturaleza esencial ya ahí – del objeto estudiado en cuestión-. Pero tampoco constituye una idea que fuera el producto de una construcción presente en la mente del investigador – del sujeto que intenta conocerlo-. Esa falsa polarizad según el autor, supone que la cosa se plantea en términos de una relación cognoscitiva sujeto/objeto. La misma que desconoce que lo que esta en juego en las ciencias sociales, las que se identifican con el paradigma de la historia, apuntan a una dimensión del ser que solo se vuelve legible en la misma operación de su exposición, porque es materia de lenguaje. Extendiendo su planteo al campo del caso en psicoanálisis se dirá que se trata por tanto en el relato de un caso, de algo nuevo que no estaba allí como algo dado, que no concierne a su base empírica, ni se confunde con las categoría que corresponden a la doctrina del psicoanálisis, sino que es el producto de una operación de lenguaje. No obstante este desarrollo de Agamben aunque útil al psicoanálisis, muestra sus límites sin embargo en cuanto que esa operación en el psicoanálisis, a diferencia de la historia supone el tratamiento de un problema libidinal, para decirlo en términos freudianos; que concierne a un sujeto y a su modo singular de goce, lo que hace que no se pueda plantear como mero artificio retórico. En este sentido ni aristotélicos, ni platónicos, se trata de demostrar en el relato del caso analítico que el lenguaje puede gravitar con su incidencia sobre un problema real – libidinal - a condición de saber que solo se sabrá sobre esa incidencia para cada uno.      
 
 
 
Bibliografía
 
- J. L. Borges. “El ruiseñor de Keats”, Otras inquisiciones. Emecé 1960.
- J. Lacan. “La ciencia y la verdad”. Escritos 2.Siglo XXI, Buenos Aires 1991.
- J. A. Miller. “El ruiseñor de Lacan”. Del Edipo a la sexuación. ICBA Paidós, Buenos Aires 2005.
- C. Ginzburg. “Huellas. Raíces de un paradigma indiciario”. Tentativas. Prohistoria ediciones, Rosario 2004.
- C. Ginzburg. “Intervención sobre el paradigma indiciario”. Tentativas. Prohistoria ediciones, Rosario 2004.
- G. Agamben. “¿Qué es un paradigma?”. Signatura Rerum. Adriana Hidalgo, Buenos Aires 2009.
- S. Freud. “Construcciones en análisis”. Obras Completas. Amorrortu, Buenos Aires 1989.
- G. Musachi. “Efectos del nombre sobre lo real”. Pos o CPC Ciencia, política, clínica. Grama, Buenos Aires 2003.
 - E. Acuña “Desclasificar. Un destino para lo singular” Resonancia y silencio. Psicoanálisis y otras poéticas. Editorial de la Universidad de La Plata. La plata, 2009.
- E. Laurent. “El caso del malestar a la mentira”. Versión electrónica.
- E. Acuña. Curso anual: De la insistencia a la existencia - 2009 -, clases dedicadas al comentario del escrito: “La ciencia y la verdad”, J. Lacan.