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Nietzsche, el instante del eterno retorno. ¿Un olvido imposible? (*)

Escrito por Adriana Saullo.

La reflexión sobre la naturaleza del tiempo ha estado presente tanto en Kierkegaard, como en Nietzsche bajo cielos distintos; y sin embargo los dos hacen del instante el tiempo del destino.

Mientras que en El concepto de la angustia, Kierkegaard presenta al instante como el equívoco en el que el tiempo y la eternidad se tocan; en El instante, escrito en 1854, lo introduce como ruptura en la sucesión del tiempo, como salto de un instante a otro, y como tal, discontinuidad.
En esa extrema contemporaneidad del tiempo y la eternidad, donde se amalgaman el instante-salto y el instante de lo desconocido -Dios, para Kierkeggard- el hombre decide su destino, su existencia potencial y como tal abierta a la tensión y al quebrantamiento. Momento de inquietud entonces, ante el desconocido que llama y lo impredecible del salto y momento también del cada vez de la repetición. De manera tal que ubica su punto de mira en una eternidad hacia adelante, allí donde los griegos privilegiaron el pasado, la reminiscencia y el recuerdo. 
En este sentido, la gran ventaja del recuerdo para Kierkegaard es que comienza con una pérdida, por eso está tan seguro de su apuesta: «quien pierde recordando - gana», pues desde el principio no tiene nada que perder. Repetición y recuerdo constituyen paradójicamente un mismo movimiento y dos sentidos contrarios: «Porque lo que se recuerda es algo que fue, y en cuanto tal se repite en sentido retroactivo…en tanto la verdadera repetición es recuerdo hacia delante», transformación de lo que ya ha sido en algo nuevo.
Por su parte, Nietzsche toma como referencia la concepción del tiempo circular de la época trágica griega, distanciándose del mundo platónico de las ideas inmutables, donde la eternidad como tiempo ya dado hace que el tiempo sea sólo su imagen móvil; y de la concepción aristotélica donde el tiempo necesita para existir tanto del movimiento que le otorga el número, como de un alma que numere, que verifique la operación de numerar.
 
La apuesta de Nietzsche es otra: «quien quiere olvidar-gana», una memoria de la voluntad fijada en el engranaje del eterno retorno y en su imperativo de seguir queriendo lo querido una y otra vez. Construye así el «gran azar» del reino de Zaratustra: El destino se combina y se afirma en este azar que es inocente como un niño. De aquí su Heráclito, un astro sin atmósfera, asido a las alas desplegadas de todos los tiempos, como el que supo ver la doctrina de la ley en el fluir constante, y del juego en la necesidad.
Tras los pasos del devenir de Heráclito, «El Oscuro de Éfeso», Nietzsche replica en aforismos su oxímoron del instante eterno para trazar sus dos círculos: el eterno retorno y el amor fati, el amor del y al destino. Dos círculos enlazados donde la posibilidad del retorno se hace cuerpo en una relación amorosa con la necesidad de las cosas. En este tiempo cíclico no hay añoranza ni nada que esperar, sino sólo lo que debe regresar.
La repetición se presenta al tiempo como algo que está en juego y como pregunta inevitable. El retorno de lo mismo, placer, dolor, pensamiento y suspiro se precipita en una interrogación sobre la propia voluntad: ¿Quieres esto hasta el infinito? Su afirmación es la esperanza de Nietzsche: la creación del Superhombre, su héroe trágico, que, a diferencia del hombre metafísico que confía en una estructura pre-establecida e inmodificable, es aquel que introduce la inversión de los valores, el que sustituye a la metafísica y a la religión por el eterno retorno, el que por su amor fati, como voluntad activa, afronta con alegría todo acontecimiento que el destino le proponga.
La cuestión es que para que el hombre creador surja hace falta que Dios este muerto y sus tablas rotas. Solo así le es posible reescribir en otra parte.
A Nietzsche la muerte de Dios se le revela en una experiencia iluminada, ese instante de luz de luna entre las ramas, que como expresa en La gaya ciencia, da su hora en la clepsidra –su reloj de agua- . Allí un demonio ordena vivir la secuencia de la vida innumerables veces sin nada nuevo. En ese instante infinito el hombre hace su elección, maldice el mandato o acepta que jamás oyó nada más divino.
La muerte de Dios es entonces la necesaria acción de una voluntad para querer vivir cada instante de modo tal que uno pueda revivirlo al infinito.
 
Para poder vivir cada instante al infinito, Nietzsche privilegia el olvido. No poder olvidar es la carga del hombre. Carga posible de metamorfosis, como lo ilustra la parábola de Zaratustra, desde el camello cargado con la culpa y el deber moral, hacia el león que se revela con el yo quiero, y finalmente el niño que con su santo decir sí, juega confiado a crear.
Nietzsche señala que la capacidad de olvido no es una fuerza inercial sino una positiva facultad de inhibición que mantiene el orden anímico. Si esta facultad de inhibición se deteriora y deja de funcionar, el hombre se convierte en un dispéptico, no digiere íntegramente nada, no rechaza nada porque todas las vivencias hieren, porque el recuerdo es en sí mismo una herida purulenta.
Ahora ¿cómo entender el eterno retorno de lo idéntico en un tiempo de puro devenir?
El camino que Nietzsche propone en el Zaratustra es enfocar la repetición a partir de una temporalidad original que tiene carácter propio. La eternidad es el instante, no es el fugitivo ahora sino la colisión del futuro y del pasado donde el instante se despierta. El instante es el nombre del pórtico donde dos caminos contradictorios, que nadie puede recorrer hasta su término, se encuentran. Es entonces que nuestra vida presente es ya una vida repetida, pero no repetida porque hubo una original en el curso del tiempo, sino porque la repetición es el tiempo.
En este sentido Enrique Acuña en su libro Resonancia y Silencio, en el texto «Borges y la extimidad en el Aleph», señala: «la experiencia analítica pone en juego ese límite donde alguien decide dónde se escande un comienzo y un final. La eternidad sería así un agujero en el túnel del tiempo, un real impensable, un no mundo donde se aloja alguien cuando relata las contingencias de un pasado que se ordena según el porvenir del deseo, haciendo el presente necesario. Contracción y plegamiento del tiempo en otra lógica que se anuncia así: habrá sido, en el futuro anterior».
 
Por una vía diferente, y a contrapelo tanto del futuro anterior como de la concepción lineal del tiempo, donde el universal es el horizonte del ser, Nietzsche hace coincidir eternidad y tiempo, ser y devenir, porque en su tiempo circular «el centro está en todas partes».
En Nietzsche y la filosofía, Deleuze hace de ese centro la diferencia como devenir. Lo que se repite es la diferencia porque no hay ser idéntico a sí mismo. De manera tal que difiriendo se repite en una danza que no permite recortar un objeto pleno, inmóvil, completo. El tiempo de la voluntad es afirmación de la afirmación, querer el propio querer y como tal repetición eterna. Por eso hay que afirmar todo el azar de un golpe.
Analiza entonces los dos momentos del juego del azar: los dados que se lanzan y los dados que caen. Nietzsche, para Deleuze, presenta la tirada de dados como jugándose sobre dos mesas distintas, la tierra donde se lanzan los dados y el cielo, su «cielo azar», donde van a caer. Pero estas dos mesas no son dos mundos sino dos momentos del mismo mundo, mediodía y medianoche, la hora en que se lanzan los dados y caen. Los dados lanzados una vez afirman el azar, la combinación al caer afirma el destino. No se trata de varios lanzamientos de dados que, en razón de su número, llegarían a reproducir la misma combinación, sino que se trata de un solo lanzamiento, que en razón del número de la combinación producida, llega a reproducirse como tal.
Este azar se identifica para Deleuze con lo múltiple, con los fragmentos, con el caos de los dados que chocan y se lanzan. De manera tal que el destino se afirma en el azar mientras que el azar se afirma a sí mismo en tanto solo existe una combinación del azar como tal, un único número fatal que al tiempo que reúne todos los fragmentos del azar, posibilita una nueva tirada.
Por su parte el mal jugador confía en un gran número de tiradas, que por causalidad y probabilidad le otorgue la combinación deseada. Que no hay finalidades que esperar ni causas que conocer, es la certeza para jugar bien. La repetición no es entonces el retorno de una combinación dada por el número de tiradas, sino la repetición de la tirada por la naturaleza del número fatalmente obtenido y amado.
Es aquí donde podríamos ubicar la última posible metamorfosis para el hombre: el niño olvido, el que juega a cada instante en una rueda que gira sola, sin recordar y sin aguardar. Es el regreso a la inocencia de la niñez la que se juega en el destino del Superhombre, aquel que por su voluntad de poder, único modo de afrontar la verdad del eterno retorno, tiene la fuerza para jugar con el mundo.
 
Pareciera que a Nietzsche se le escapa la brecha, entre la verdad que el hombre no puede soportar y lo idéntico que retorna. Ese eterno retorno que trasciende lo humano al tiempo que lo inviste en todos sus aspectos, queda indemostrable por ser justamente trascendente. En ese indemostrable, coloca, en el sentido que le da Miller, un capricho que como tal no da sus razones, una voluntad súbita del destino queriendo los golpes de su suerte. La preocupación de Nietzsche es una pregunta ¿cómo debo vivir mi destino? Con la dimensión del querer propone una fórmula de la afirmación del vivir para asentir nuestro destino.
 
(*) Trabajo presentado en las Jornadas de Apertura de la APLP, «Registros de la repetición -De Kierkegaard a Lacan-», el 26 de Marzo del 2010 en la Biblioteca de la Provincia de Bs. As.
 
 
Bibliografía
- Acuña, Enrique. Resonancia y silencio . Psicoanálisis y otras poéticas. Edulp, 2009.
- Curso breve APLP 2010.  El inconsciente transfiere eso que la repetición no sabe. Clase del 17-2 dictada por Mauricio González y clase del 10-3  dictada por Marcelo Ale.
- Deleuze, Guilles. Nietzsche y la filosofía. http://caosmosis.acracia.net/wp
- Galimberti, Katja.  Nietzsche, una guía. Colección claves, Nueva visión, 2004.
- Kierkegaard, Soren. El concepto de la angustia. Ediciones Libertador, 2004.
- Kierkegaard, Soren. La repetición. Editorial Alianza, 2009.
- Nietzsche, Friedrich,  Asi habló Zaratustra. Alianza Editorial, 2007.
- Nietzche, Friedrich,  Ecce Homo. Siglo XX, 1991
- Maresca, Silvio Juan.  En la senda de Nietzche. Catálogos editora, 1991.