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Construcciones en análisis: entre saber y verdad

La construcción de la realidad social es el título de un libro de John Searle publicado ya hace unos años. Searle, filósofo norteamericano que hasta este libro se había estado ocupando de la filosofía del lenguaje, se detendrá aquí en el análisis de la realidad social, centrando su interés en la forma en que ciertos aspectos de nuestro mundo se materializan como resultado de la intencionalidad combinada de aquellos que los usan.

En dicho libro, que de hecho remeda e intenta enmendar al mismo tiempo el conocido libro de Berger y Luckmann La construcción social de la realidad, el filosofo parte de la suposición que para describir el mundo real es necesario considerar una primera diferenciación acerca de lo que él llama hechos brutos y hechos institucionales. Lo interesante es que Searle ubica al lenguaje como aquel instrumento que permite que un hecho bruto se transforme en un hecho social. Es decir, es a través del lenguaje que existe lo plausible de ser transformado. Dirá que es el lenguaje entonces lo que permitirá la construcción de hechos institucionales, siendo necesario resaltar que el rasgo esencial que este debe tener es la existencia de mecanismos simbólicos, como las palabras, que por convención, representan o simbolizan algo que va más allá de ellos mismos. A este primer rasgo de todo símbolo lingüístico, Searle le agrega la convención y el carácter de lo público. Es decir, los hechos institucionales (el dinero por ejemplo) que simbolizan un hecho bruto (el papel con el cual está hecho el dinero) lo hacen por convención y con carácter público.
Como dice E. Acuña, crear la realidad con el lenguaje depende de las creencias sociales y requiere del acuerdo por convención de los sujetos que intervienen. Searle contempla que hay una intencionalidad –deseo- en esa convención acerca de lo que los hechos significan (1).
Ahora bien, esta capacidad para vincular un sentido, una función simbólica, a un objeto que no tiene ese sentido intrínsecamente es la condición previa no sólo del lenguaje dirá Searle, sino de toda realidad institucional. Sin embargo, muchas veces, la diferencia entre ellas es que la creación de un acto de habla implica por su parte, la creación de algo que tiene luego ulteriores capacidades representatorias. Introduce con ello la función de la palabra como un acto performativo, donde un acto de habla introduce a su vez, un status, y concomitantemente a ello un nueva función, el matrimonio por ejemplo.
De ello se desprende a su vez que la transformación de un hecho bruto en uno social no es independiente, sino que por el contrario depende de un contexto.
Searle descentra así al sujeto, ubicando el contexto –en términos de acuerdo social- en el cual es enunciada una palabra, como la autoridad que decide sobre la veracidad de dicho enunciado. Allí los tres rasgos diferenciales que el filósofo ubica del lenguaje hacen su juego, la simbolización, la convención y lo público.
Finalmente, lo que hace que los enunciados sobre la realidad social sean verdaderos, afirma el filósofo norteamericano, no es otra cosa que la correspondencia con los hechos; es ella la que determinara la verdad de los enunciados.
 
Por su parte, en Construcciones en psicoanálisis Freud dirá, casi al final de su breve escrito, que “el camino que empieza en la construcción del analista debería acabar en los recuerdos del paciente, pero no siempre se llega tan lejos. Con mucha frecuencia no logramos que el paciente recuerde lo que ha sido reprimido. En lugar de ello, si el análisis es llevado correctamente, producimos en él una firme convicción de la verdad de la construcción que logra el mismo resultado terapéutico que un recuerdo vuelto a evocar.”
Freud homologa aquí lo que es un recuerdo con lo que denomina construcción, en tanto afirma que la construcción viene allí a relevar  a ese saber no sabido, a ese punto de vacío en el que según Freud, los recuerdos no advienen.
Sin embargo, el sujeto no será reducido nunca a ese “está escrito” del recuerdo, ya que las cosas dependerán del sentido que se le dé a esos recuerdos y de la función significante que tomen. En Marginalia de Milán, Miller dice que si bien hay una dimensión cronológica, la significación, la verdad de lo que tuvo lugar en un punto del pasado depende de un hecho que pertenece a su futuro. A partir de su futuro recibe su sentido un hecho del pasado. Entonces, ¿qué es la verdad histórica? No es la exactitud de lo que aconteció, sino que es la transformación de lo que sucedió por la perspectiva de lo que será (2).
Bien, en el texto freudiano insistirá la pregunta por la verdad de la construcción. Para ello Freud retomará lo planteado al principio del texto donde un científico arguye en forma de crítica, que los analistas se manejan, frente a las respuestas de los sujetos a las posibles comunicaciones de construcciones, según el principio de que se diga lo que se diga, el analista tiene siempre la razón.
Ahora bien, en la respuesta a la mencionada critica, lo que Freud sitúa es que no se trata de conseguir el sí del analizante –Freud dice que un simple “sí” no deja de ser ambiguo ya que puede ser el reconocimiento de lo justo de una construcción como también carecer de significado o hasta ser hipócrita-, ni tampoco de creer que el “no” tenga tanto o más valor que el asentimiento del sujeto, sino que es a posteriori como se verifica, en los efectos que tuvo en alguien, la verdad de una construcción.
Dice Freud: “no pretendemos que una construcción sea más que una conjetura que espera examen, confirmación o rechazo. No pretendemos estar en lo cierto, no exigimos aceptación por parte del paciente ni discutimos con él si en principio lo niega”. Repito, no exigimos aceptación por parte del paciente ni discutimos con él si en principio lo niega, esto porque se trata de constatar los efectos, la reacción que la comunicación de la construcción suscita, es decir, la justeza de la construcción estará dada en función de la respuesta que del inconsciente se tenga.
 
Ahora, si bien no quiero generar un falso versus, en psicoanálisis, empero, no se tratará ni del contexto, ni de la correspondencia entre lo que se construye y la verdad que revela, ni del consentimiento yoico del analizante. Son los efectos que surgen en un tiempo regido por el futuro anterior lo que determina la verdad de una construcción.
Como decía E. Acuña en su última clase del curso anual (3), la construcción es una conjetura basada en la realidad histórica que pone en juego desde Freud una versión de la verdad y el saber.
Por último, podemos afirmar que en el constructivismo se trata, en realidad, de lo verdadero o falso de un enunciado que describe, vía el lenguaje como instrumento de simbolización, la realidad social en términos de correspondencia y adecuación, de los enunciados con lo que se instituye; en el psicoanálisis se tratará de una construcción que, implicando al analista y al analizante, pondrá en la justeza de su enunciación, a jugar una verdad histórica ligada a un saber no sabido, el inconsciente.
 
 
Notas
 
(1) Acuña, E.: Resonancia y silencio. Psicoanálisis y otras poéticas. Editorial Edulp. Página 93.
(2) Miller, J.-A.: “Marginalia de Milán: Construcciones en análisis”. Revista Uno por Uno. N° 41. 1995. Página 158.
(3) Acuña, E.: Clase del 2 de diciembre de 2009 del curso anual De la Insistencia a la existencia”. Dictado en APLP.